
El pasado mes de noviembre se realizó en la UCSF la entrega de premios del
VII Certamen Literario de Narrativa Breve Lermo Rafael Balbi, que se llevara a cabo el 13 de junio, en homenaje a Jorge Luis Borges.
El Taller Literario San Lucas del Área de Cultura, coordinado por la Prof. María Hortensia Oliva, homenajea con estos premios a los jóvenes escritores, continuando así con su objetivo de estimular la escritura creativa como quehacer cultural de cuantioso valor en escuelas y universidades.
En esta ocasión, uno de los galardonados, por su producción “El barrio”, fue Germán Bartizzaghi, estudiante del 3º año de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Humanidades de nuestra Universidad.
“El barrio” fue premiado además, en el
X Concurso Internacional de Cuento y Poesía Junínpaís 2011. Su trabajo fue seleccionado sobre 943 CUENTOS (de Argentina, Estados Unidos, Colombia, Bolivia, Uruguay, Chile, Israel y España). Como primer premio se le editará un libro propio de 70 pág. y 130 ejemplares que debe presentarse en abril del año próximo en Junín de Buenos Aires.
A continuación, les presentamos el escrito de Germán Bartizzaghi, distinguido en ambas ocasiones:
El barrio 
En la quietud de esa tarde, Roger comenzó a entender cómo un cambio de barrio significaba indefectiblemente un cambio de vida.
Todo había sido imprudentemente apresurado; aún no entendía bien el porqué de la mudanza; sospechó, incluso, que lo habían compelido, que manos invisibles lo arrastraron allí.
Es cierto que la mudanza no ofreció complicaciones. “De haber sido más ardua, habría podido asimilar mejor la transición”, pensaba. Acaso por esa escandalosa agilidad, creyó que nunca se acostumbraría al nuevo lugar.
De cualquier manera, omitiendo esos detalles nostálgicos, estaba en paz; incluso volvió a aprovechar esas horas de sueño que tan ajenas le habían resultado los últimos tiempos.
La vista desde el nuevo domicilio, poco espacioso si lo comparamos con aquel departamento de Rosario, era particularmente monótona. Dos casas podían verse enfrente, aunque bastaba sacar la cabeza por la ventana estrecha para apreciar cómo esas dos se multiplicaban, casi infinitamente, a derecha e izquierda. Supuso que el arquitecto de allí no habría llegado lejos con esos diseños tan básicos; llamativamente la totalidad de las viviendas eran chatas, no tenían patio (los espacios verdes eran compartidos) y estaban peligrosamente cerca de las calles (le llevó tiempo descubrir que, en realidad, no se desplazaban coches ni motocicletas por allí).
Decía yo que los espacios verdes, con ese césped de ensueño y plantas de las más coloridas, cubrían absurdamente los espacios aledaños al caserío y daban un aire primaveral que no condecía, debo advertir, con la expresión de algunos vecinos; eso molestó a Roger al principio. Salir a pasear por las angostas calles del barrio sin escuchar algún chiste, risa, o chacoteo, lo ponía de mal semblante. Sin embargo, el tiempo lo amoldó a eso y hasta hizo
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conocerle personas más efusivas, con las que hablaba del vecindario y sus casas chatas y absurdos espacios verdes.
Su rutina había cambiado. Lejos de levantarse con el crepúsculo de la mañana como lo había hecho tantos años, se permitía, ahora, descansar mucho más. Los primeros días quiso prolongar sus hábitos en el flamante hogar, pero eran tan disímiles las costumbres de allí, y todos tan poco originales, que sintió insensato no ajustarse a las prácticas lugareñas. Así, eran las horas del atardecer y de la noche (se enseñó a querer la noche) durante las cuales fatigaba calles y veredas y cruzaba algunas palabras con aquéllos que todavía gustaban del conversar y del recordar viejas épocas.
Lo abrumador era la exclusividad; Roger ya ni recordaba qué merito había hecho para adquirir una propiedad allí. No era por la posición social, la raza o la nacionalidad, más bien por una especie de pacto secreto que se daba con cada habitante. El ingreso a la comunidad no admitía retroceso alguno; una vez dentro, nadie podía salir. Eso, que nuestro protagonista descubrió con el tiempo, le resultó, no abusivo, sino asombroso. La prohibición había surgido de la práctica; de años y años de no abandonar nadie los muros del barrio (creo que he omitido mencionar ese detalle, éstos no tenían más de un metro y medio o dos de alto). No había legislación vigente allí, el derecho positivo era innecesario; todo se manejaba mediante esa categorización de la costumbre. Así, el espíritu del lugar se mantenía intacto a lo largo del tiempo y los más viejos (con sus cien o ciento diez años), decían que quienes llegaban al vecindario hoy, lo encontraban tal cual hacía tres siglos.
No miento cuando afirmo que nadie franqueaba los muros, tampoco lo haría al afirmar que se recibían algunas visitas. Roger mismo contaba semanalmente (aunque esa perseverancia se perdió después) con sus hijos y nietos. No había un día indicado como el ideal para eso, pero la costumbre dejaba ver que los domingos parecían ser los más apropiados. Claro que las visitas no eran prolongadas, eso lo irritó al principio. Tiempo después, entendió que de haberse extendido hubieran escandalizado a los más ancianos; éstos, raramente, recibían a alguien.
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Una o dos veces al año irrumpían en el lugar jóvenes vándalos con ánimo de destrozar los jardines, hacer desprecios en los frentes o, simplemente, profanar la capilla. Esas conductas, que sabían castigar persiguiéndolos por sus calles hasta que hallaran la salida, los ponían a todos de mal humor, fundamentalmente porque eran católicos (quien afirma lo contrario no ha querido ver que en cada casa está el símbolo de Cristo). Mas así como ocurrían esos lamentables episodios, un día al año había en que las angostas calles se vestían de aromas naranjas y personas de todas partes recorrían las veredas que, como ya dije, se confundían con las calles, hasta dar con quien andaban buscando (la simetría del lugar hacía perder a más de uno, eso causaba mucha gracia a Roger y los vecinos).
Mientras su estadía en el lugar se dilataba, Roger aceptó esas incongruencias, que al principio lo desorientaron. La similitud entre las viviendas, los jardines compartidos, los muros, las visitas esporádicas, el encierro, la religión unánime, los vándalos.
Todo era distinto a cualquier barrio que había conocido. A veces se cuestionaba las reglas vigentes; temió que todos se hubieran atenido a ese orden ilógico sólo por herencia. Quizás lo que más lo entristecía era la poca expectativa de cambio. La vida de las personas allí era lineal, cíclica. El ciclo era el día mismo, o mejor dicho, la noche (que durante el día, ya aclaré, casi todos dormían).
Salía ahora Roger a recorrer las angostas calles y los infinitos pasillos, disfrutaba esos recorridos zigzagueantes e instintivos; perderse y volverse a encontrar usando la capilla como referencia. Observaba con detenimiento las fotos grisáceas de los frentes, fotos de tiempos lejanos; pero más atención daba a las nuevas, ésas cuyos dueños aún no aprendían los horarios y manías de la necrópolis. Con esos inocentes juegos de niño, de muerto, Roger mataba el tedio en el cementerio.